Jornadas monótonas sin moverse de la cama, con los pies en alto,
sin poder ir a la ducha ni al baño, con pruebas médicas constantes y una
estricta dieta. Esta es la dura experiencia que ha superado un equipo
de voluntarios de la Agencia Espacial Europea (ESA) durante tres semanas
para estudiar lo que ocurrirá en los futuros vuelos espaciales.
Prueba con máscaras, que forman parte de un sistema para estimar las necesidades de energía. / ESA
Un grupo de voluntarios de la ESA acaba de finalizar la tercera y
última sesión de un estudio de reposo durante el que permanecieron tres
semanas en la cama con los pies en alto. Todo por la ciencia y el futuro
de los vuelos espaciales.
Tan pronto como sus cuerpos se repongan de la experiencia y terminen
algunas pruebas, podrán volver a hacer una vida normal. La experiencia
es similar a la que sufren los astronautas cuando regresan de una misión
de larga duración y necesitan varios días para recuperarse de los
efectos de la microgravedad.
Durante este trabajo, desarrollado en Toulouse (Francia) se probó una
dieta alta en proteínas y una tabla de ejercicios que consistía en
empujar a los voluntarios contra una placa vibratoria mientras hacían
una especie de ‘sentadillas invertidas’.
Quedarse en la cama y que te paguen por ello podría parecer el
trabajo ideal, pero los estudios de reposo suponen un gran esfuerzo. Los
participantes se tienen que enfrentar a días de extrema monotonía,
continuas pruebas médicas y una estricta dieta, sin poder levantarse
para estirar las piernas, tomar un poco de aire fresco, darse una ducha o
ir al baño.
“Los primeros días de cada sesión eran los peores”, explica Marc
Marenco. “El cuerpo necesita tiempo para adaptarse, y yo tenía migrañas y
dolor de espalda”.
No obstante, los ‘camanautas’ están orgullosos de haber contribuido a
la ciencia y a la exploración tripulada del espacio, así como de ayudar
a la gente que permanece encamada en la Tierra.
“Somos una referencia para muchos artículos; creo que estos datos
ayudarán a los científicos a avanzar en sus investigaciones”, explica
Daniel Fandino, que trabaja en un bar en su vida normal.
Los investigadores ahora analizarán los datos de los experimentos.
Este estudio fue organizado por la ESA en colaboración con la agencia
espacial francesa (CNES) y se llevó a cabo en las instalaciones de
investigación médica MEDES, en Toulouse.
Estudios de reposo como este ayudan a simular algunos aspectos de los
vuelos espaciales. También permiten a los científicos estudiar cómo
reacciona el cuerpo humano y poner a prueba nuevos métodos para
preservar la salud y buena forma de los futuros astronautas.
Los griegos no concebían un dios que colocase un valor absoluto sobre
cada individuo. Ni pensaban que cada uno tuviese un derecho inalienable
a la vida, libertad y felicidad, dejando de lado la propiedad. “Los
derechos” (que hoy en día reclamamos en gran abundancia, pues se
considera al estado protector de las libertades individuales) estaban
limitados por las leyes que rigiesen en el momento. En general, las
necesidades individuales estaban totalmente subordinadas a las del
estado. Después de todo, en una democracia radical, las personas
constituían el estado; no era como si los individuos estuviesen
tiranizados por alguna fuerza externa.
Una de las consecuencias de esto era que los griegos tendían a ser
poco complicados en su visión de las responsabilidad humana. Lo que
contaba no era tanto las intenciones (aunque naturalmente se podía
discutir sobre ellas como algo interesante) sino los resultados. Si uno
hubiese expuesto ante un tribunal griego que un individuo debía ser
perdonado por matar a sus padres en base a que había tenido una
educación perturbadora, un griego lo podía considerar no como una excusa
para absolver al acusado, sino como un agravante para condenarlo. Los
griegos no tenían la tendencia a confundir las razones con las excusas.
Esto parece una moralidad severa. Pero es comprensible en una
civilización en la que lo contrario de la libertad no era la cárcel,
sino la esclavitud, y en la que la existencia era precaria en el mejor
de los casos. Los estados modernos en guerra se vuelven mas totalitarios
que en la paz. Por todo ello, la lectura mas superficial de Homero o de
la tragedia muestra que los griegos también otorgaban un gran valor a
la gracia y a la piedad. Si destacamos aquí la parte mas dura de los
valores griegos, es para que nos fijemos en ella. Los valores cristianos
se hallaban a seiscientos años, y la comprensión freudiana de la
motivación humana a unos dos mil cuatrocientos.
La noticia de
que el científico Steven Benner afirmó que la vida podría haberse
originado en Marte y luego llegado a la Tierra, no hizo más que levantar
sospechas entre los más legos en la materia. ¿Cómo es esto posible? ¿En
qué se basan los científicos para decir estas cosas? ¿Por qué no
comparten lo que están tomando?
El argumento de Benner es que el Boro y el Molibdeno, dos elementos
fundamentales para la creación de moléculas de ARN, no podrían haber
existido en la cantidad suficiente en nuestro planeta hace más de 3.000
millones de años, cuando se especula que comenzó la vida. Pero para
llegar a esto tenemos que hacer una breve introducción.
Retrocediendo hasta el origen de la vida
La Teoría de la Evolución, popularizada
por Darwin en 1859 y perfeccionada por otros científicos más adelante,
explica cómo los individuos más aptos para un ambiente sobreviven, se
reproducen y heredan a sus hijos sus características. A través de miles
de generaciones comienzan a producirse cambios cada vez más grandes que
puede terminar en que dos individuos con características diferentes no
puedan reproducirse entre sí. Esto es lo que se denomina especiación, y
explica cómo con el tiempo las especies cambian y se diversifican.
Si comenzáramos a retroceder en el tiempo podríamos ver cómo las
ramas del árbol de las especies se van uniendo y nos encontraríamos con
que por ejemplo, todos los mamíferos (unas 5486 especies) descendemos de
un ancestro común que pobló la Tierra hace unos 200 millones de años.
Tanto esos mamíferos como los reptiles y anfibios que convivían en ese
período, se desprendieron de los primeros anfibios que tocaron tierra
firme hace 300 millones de años. Y estos surgen de alguna especie que
descendió de los primeros seres multicelulares complejos que aparecieron
en la llamada “Explosión Cámbrica”, hace entre 542 y 530 millones de
años.
El camino hacia atrás de la Evolución nos lleva a encontrar
organismos cada vez más simples. Los estudios geológicos muestran que la
atmósfera se llenó de oxígeno hace unos 2200 millones de años, creado
probablemente por microorganismos que hacían fotosíntesis, y las
primeras alteraciones químicas de origen biológico en rocas datan de
aproximadamente 3800 millones de años atrás. Se cree que ahí comenzó la
vida en la Tierra. Pero, ¿Cómo?
En algún momento las moléculas inorgánicas simples se conectaron de
cierta forma que crearon estructuras que podían reproducirse. Uno de los
primeros experimentos para intentar verificar si algo así era posible
fue realizado en 1953 por los químicos norteamericanos Stanley Miller y
Harold Clayton Urey. Los científicos colocaron metano, amoníaco,
hidrógeno, dióxido de carbono, nitrógeno y agua (todos elementos que se
encuentran en abundancia en nuestro planeta), y lo sometieron a altas
temperaturas y descargas eléctricas, simulando lo que podría haber sido
el clima en esa época. Luego de un tiempo vieron cómo se formaban
sustancias orgánicas como glucosa, ácido acético y otros pilares básicos
de las proteínas. Otros científicos repitieron el experimento más
adelante y también obtuvieron ácidos nucleicos.
Volcanes, rayos cósmicos, meteoritos y todo tipo de químicos disueltos en el agua. Un lugar poco amigable para el fotógrafo.
En los años 1980 el bioquímico Günter Wächtershäuser propuso que la fuente de energía para producir las reacciones podría no haber venido de rayos, sino de reacciones químicas. Y en 2002 Martin y Russell propusieron que
las reacciones podrían haberse dado en chimeneas submarinas. Los
experimentos progresan pero al día de la fecha nadie ha logrado
sintetizar una célula, o alguna estructura autorreplicable desde
elementos inertes. La evolución muestra que todos los seres vivos vienen
de esa estructura original, pero, ¿Y si esa estructura no se creó en
nuestro planeta sino que vino de otro lado?
La creación primigenia puede haberse dado en otro planeta, o incluso
en el espacio: en la superficie de algún asteroide o cometa. La
hipótesis de que la vida comenzó afuera de nuestro planeta se llama
exogénesis, y la idea de que vino a instalarse aquí, panspermia.
El hecho de que la vida haya surgido fuera de nuestro planeta no
resuelve el misterio del origen de la vida, sino que lo traslada a algún
otro lugar desconocido. Y crea la nueva pregunta de qué lugares podrían
ser habitados por microorganismos.
Desde los años ’80, muchos biólogos se han dedicado a investigar
cuáles son las máximas temperaturas, presiones y condiciones de acidez
que puede soportar la vida. No sólo para saber si podrían resistir las
extrañas condiciones de otros planetas o lo inhóspito del espacio, sino
también la violencia del impacto de un meteorito. En esta búsqueda han
encontrado una gran variedad de microorganismos a los que denominaron
extremófilos. En Wikipedia hay una interesante lista de
diferentes extremófilos conocidos, y qué “poder especial” tiene cada
uno: vivir en zonas de pruebas nucleares, el fondo del océano, ácido
hirviendo o el exterior de naves espaciales.
Un nuevo punto para la exogénesis
Según Steven Benner,
el Boro y el Molibdeno son dos elementos fundamentales para evitar que
la mezcla de moléculas orgánicas y calor se conviertan en alquitrán. El
análisis de un meteorito marciano mostró que hubo boro en aquella época,
y ahora también se cree que pudo haber algún óxido de Molibdeno.
Y por otro lado, el agua resulta ser muy corrosiva para biopolímeros
como el ARN, ADN y las proteínas, e impide la formación de altas
concentraciones de Boro. De acuerdo a los últimos descubrimientos del Curiosity,
en Marte había muchos de estos elementos, y el agua corría en ríos pero
sin inundar casi todo el planeta como sucedía en la Tierra.
Sólo queda esperar para ver si se pueden confirmar los datos con
nuevas observaciones, y de forma ideal, ver si se puede hacer un
experimento al estilo del de Miller y Urey que nos lleve más lejos.
Lo más probable es que nunca sepamos realmente cuándo se originó la
vida. La historia del universo es bastante larga, y la autorreplicación
de una secuencia de moléculas dura un instante. Pero los nuevos
descubrimientos parecen ir acotando las posibilidades, y plantean
preguntas cada vez más interesantes.
¡Olé, olé y olé!
Con acento en la “o” o con acento en la “e” y alargando las vocales
tanto como nos lo pida el alma. Es una palabra clave del español y tal
vez la más característica –preguntádselo si no a los guiris-.
Todos,
quien más quien menos, lo decimos cuando estamos contentos –y en
especial los aficionados al mundo taurino y al flamenco-; y todos nos
hemos preguntado alguna vez cuál es el origen de esta singular
interjección intraducible a otros idiomas.
Existen muchas hipótesis sobre el origen de la palabra “¡olé!”: hay quienes afirman que viene del griego, del verbo “ololizin” (ὀλολύζειν), que es una palabra onomatopéyica y designa el grito ritual de júbilo de duelo.
Hay quienes también dicen que “¡Olé!” viene del episodio de la Biblia
en el que Jacob es engañado el día de su boda con Raquel, al quitar el
velo a la novia, descubre que en realidad se trata de Lea, no de Raquel.
El público durante la ceremonia, intenta avisarle “¡Oh, Lea!”. Y de ahí
derivó a olé.
Pero la hipótesis más extendida y la que más cuerpo tiene es aquella que dice que “¡olé!” viene del árabe, de la expresión “allah” (Oh, Dios), concretamente.
Todos
sabemos la enorme influencia que ha tenido el árabe en el español, y es
que siete siglos de invasión árabe dieron para mucho, sobre todo para
dejar un buen legado cultural, artístico y lingüístico. Se dice que más de 4.000 palabras del español provienen del árabe. Y “olé” es una de ellas.
Según la escritora estadounidense Elizabeth Gilbert, “¡olé!” viene de la exclamación de “¡Alá!” (Allah).
Los moros solían hacer grandes celebraciones que incluían espectáculos
de baile. Cuando un bailarín lograba maravillar al público con sus
movimientos llenos de gracia y su arte de gran nivel, se creía que ese
momento permitía a los testigos entrever el poder de Alá a través del bailarín. Por eso, cuando los bailarines embrujaban al público, este exclamaba “¡Alá!”.
La RAE, por otra parte, recoge que “¡olé!” proviene de la exclamación árabe Wa-(a)llah (¡Por Dios!), una exclamación de entusiasmo ante una belleza o alegría sorprendente o excesiva. En el idioma árabe, no existe la vocal “e” y, en ocasiones, la vocal “a” suena parecido a la “e”.
Sea como sea, poco a poco, la palabra fue perdiendo conexión con el Dios de los musulmanes; pero sigue manteniendo ese concepto de sorpresa y maravilla ante algo bello y asombroso,
que nos deja boquiabiertos y nos incita a aplaudir. Bien sea una
fabulosa actuación musical, un gol de nuestro equipo de fútbol, o,
simplemente, expresar alegría ente una buena noticia. Aunque
principalmente se emplee en el mundo del flamenco y el toreo.
Pronto,
los críticos de cine serán una especie en peligro de extinción, ya que
la vorágine digital también amenaza con engullirlos. ¿No lo crees? Pues
toma nota, porque el equipo de la desarrolladora de videojuegos ARG! Team ha creado un algoritmo para conocer las películas más importantes de todos los tiempos.
¿Cómo? Pues mediante los hábitos de los internautas que navegan por Wikipedia. Según los autores,
“si lo restringimos a películas, Wikipedia es un estructurado mapa de
análisis comparativos que puede llevar implícito un ranking”.
En
pocas palabras, la denominada influencia representa “la probabilidad de
que un aburridísimo internauta esté navegando la página después de
estar navegando por la vasta red durante largo rato”. Lo que viene a ser
el PageRank calculado mediante los enlaces de dentro de la propia Wikipedia. Para
que te hagas una idea, el PageRank también es parte del algoritmo
empleado por Google para mostrar los resultados de búsqueda en tu
pantalla.
Así pues, según este algoritmo, las diez películas más influyentes (que no por ello tienen por que ser sinónimo de calidad) de los últimos 100 años son:
En
el gráfico de abajo, se muestran las películas más influyentes año por
año. Las barras azules representan la influencia de la película que más
puntos de influencia logró ese año.