sábado, 18 de junio de 2011

Frankenstein o el moderno Prometeo

Cuando en 1818 Mary W. Shelley publicó la primera edición de Frankenstein o El moderno Prometeo, lo hizo ocultando su nombre –un procedimiento habitual en la época– y dejando suscrita la dedicatoria con un escueto y ambiguo the author. Enmarcada en la tradición de la novela gótica, el Frankenstein de Mary W. Shelley explora temas tales como la moral científica, la creación y destrucción de vida y la audacia de la humanidad en su relación con Dios. De ahí, el subtítulo de la obra: el protagonista intenta rivalizar en poder con Dios, como una suerte de Prometeo moderno que arrebata el fuego sagrado de la vida a la divinidad. Es considerado como el primer texto del género Ciencia Ficción.

Frankenstein supone la formulación de un sistema binario de identidades: el doctor Víctor Frankenstein y su creación, el monstruo sin nombre. Es al primero al cual nos remite el título de la novela como eje fundante de la historia; Víctor Frankenstein es la encarnación de la figura de Prometeo, aquel titán de la mitología griega que, según Hesiodo, robó y entregó a los hombres el fuego sagrado que Zeus les había negado. Con ello, la novela participa –junto con el Prometeo (1816) de Lord Byron y el Prometeo desencadenado (1819) de Percy B. Shelley– de la lectura romántica del mito respecto al potencial, a un tiempo destructivo y emancipador, de la empresa prometeica. Una figura que teóricos del romanticismo como Schelling habían asociado al carácter demiúrgico del artista y que encontramos desarrollado en diversos fragmentos del texto: «Me espoleaba un impulso irresistible y casi frenético. Parecía haber perdido el sentimiento y sentido de todo, salvo de mi objetivo final. No fue más que un período de tránsito (...). Recogía huesos de los osarios, y violaba, con dedos sacrílegos, los tremendos secretos de la naturaleza humana». Un proceso llevado a cabo en la voluntad de una doble utopía social y científica que más adelante resumía de este modo: «La vida y la muerte me parecían fronteras imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de desparramar después un torrente de luz sobre nuestro tenebroso mundo. Una nueva especie me bendiciría como a su creador, muchos seres felices y maravillosos me deberían su existencia.»

Prometeo es la figura compleja y contradictoria del Progreso, del poder de creación del arte y las ciencias en su voluntad de alcanzar a ver nuevos horizontes y de generar nuevas condiciones en las que se desarrolle lo humano. En su lectura del mito, Nietzche nos señalaba «el oscuro sentimiento de dependencia que experimentaba el artista griego respecto a las divinidades» y la «aureola de la actividad que circunda a Prometeo» en su afán heroico por acceder a lo universal y a participar del devenir. Fue mediante su sacrificado gesto con el que, del mismo modo que su hermano el titán Atlas cuando tomó la tierra sobre sus espaldas, llevó a los individuos «cada vez más alto, cada vez más lejos».

Siguiendo en esta dirección, Rodríguez Magda nos recuerda que para Lyotard, "la imaginación" es la única depositaria de «ese Gran Relato que el mundo pugna por contar sobre sí mismo» y encuentra en la "ficción", la consumación y paso del factum al fictum, una de las estrategias emancipatorias de la humanidad:

«No hay lugar para la poesía después de Auschwitz»

Con estas palabras empieza el monstruo el relato de su historia: «Recuerdo con gran dificultad el primer periodo de mi existencia; todos los sucesos se me aparecen confusos e indistintos. Al principio, una extraña multitud de sensaciones se apoderaron de mí y empecé a ver, sentir, oír y oler, todo a la vez.» Ese fue su principio: las iniciales sensaciones yuxtapuestas de un adulto desprovisto de experiencias y memoria. Un inicio a partir de la nada que más tarde se describirá como el vacío de un amnésico: «Ningún padre había vigilado mi niñez, ninguna madre me había procurado sus cariños y sonrisas, y, en caso de que hubiera ocurrido, mi vida pasada se había convertido para mí en un borrón, un vacío en el que no distinguía nada.»

El monstruo carece de infancia, como carece también de ella Rachael, la replicante de Blade Runer. Lo que en él es un vacío absoluto, en ella es la caída en ese vacío producida por la conciencia de poseer una memoria ficticia –el saber que sus recuerdos no son más que implantaciones para lograr la disolución del artificio–. El monstruo, sin embrago, no encuentra siquiera ese espejismo que dirija sus pasos, y se recuerda «desde siempre con la misma estatura y proporción». Ambos son presente encarnado, ejercen el verbo en ausencia de pretérito y parten de cero. Construyen su historia a partir de la ruptura y el movimiento, de lo fugaz y pasajero, como el curso de las cosas dibujado por el poema Mutability de Percy B. Shelley que encontramos inserto en la novela:

Descansamos; una pesadilla puede envenenar nuestro sueño.
Despertamos; un pensamiento errante nos empaña el día.
Sentimos, concebimos o razonamos; reímos o lloramos.
Abrazamos una tristeza querida o desechamos nuestra pena;
Todo es igual; pues ya sea alegría o dolor,

El sendero por el que se alejará está abierto.
El ayer del hombre no será jamás igual a su mañana.
¿Nada es duradero salvo la mutabilidad?


El monstruo, al igual que Narciso, o la Eva de el Paraíso Perdido de Milton, toma conciencia de su propia forma cuando contempla su imagen reflejada en el agua: «¡Cómo me horroricé al verme reflejado en el estanque transparente! En un principio salté hacia atrás aterrado, incapaz de creer que era mi propia imagen la que aquel espejo me devolvía.» Y por comparación con los seres que había estado observando en la cabaña, empieza a preguntarse acerca de su identidad: «Mi aspecto era nauseabundo y mi estatura gigantesca. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era yo? ¿Qué era?». Más adelante nos dará la clave de la formalmente poco justificada repugnancia de su aspecto: su condición –su saberse artificio, su conciencia de ser "imitación". «Dios, en su misericordia, creó al hombre hermoso y fascinante, a su imagen y semejanza. Pero mi aspecto era una abominable imitación del tuyo, más desagradable todavía gracias a esta semejanza.»

El Frankestein de Mary Shelley y Lord Byron

Durante el verano boreal de 1816, el año sin verano, el hemisferio norte soportó un largo y frío "invierno volcánico" debido a la erupción de Tambora. Durante este terrible año, Mary Shelley y su marido, Percy B. Shelley, hicieron una visita a su amigo Lord Byron, que entonces residía en Villa Diodati, Suiza. Después de leer juntos una antología alemana de historias de fantasmas, Byron retó a los Shelley y a su médico personal, John Polidori, a componer cada uno una historia de terror. De los cuatro, sólo Polidori completó la historia, pero Mary concibió una idea tras leer el fantástico Prometeo de Byron: estas ideas fueron el germen de la que es considerada la primera historia moderna de ciencia ficción y una excelente novela de terror gótico. También es interesante señalar que Byron se las arregló para escribir un fragmento basado en las leyendas sobre vampiros que había escuchado durante sus viajes a través de los Balcanes, que Polidori utilizó para crear su novela "El Vampiro" en 1819, que es también la primera referencia literaria de este subgénero del terror. Así que, en cierta manera, los temas de Frankenstein y El vampiro fueron creados más o menos en la misma circunstancia y teniendo a Lord Byron como principal inspirador. Claro que hubo dos razones importantes que hicieron que Byron nunca llegara a desarrollar este género (superando muy seguramente con creces al resto): en primer lugar, su prematura muerte con 36 años debida a su excéntrica personalidad (dicen que pudo padecer un trastorno bipolar), y en segundo lugar, a que, tal vez debido a lo primero, nunca escribió novelas.

Por otro lado, no debemos olvidar que, para la consecución final de su obra, Mary recurrió a su amado Percy para que le ayudara en sus errores gramaticales y en la fluidez del texto en 1817, en su estancia en Marlow. En 1831 Mary llegó a reescribir la obra entera, algo que ya tenía pensado desde 1818. Así que el Frankestein de Mary Shelley, muy probablemente no sería lo que es sin tener en cuenta todos estos elementos.

PROMETEO de Lord Byron

¡Titàn! a cuyos ojos inmortales
no fueron los tormentos de la muerte,
vistos en su penosa realidad,
esencias que los dioses desdeñaran;
de tu piedad, ¿cuál fue la recompensa?
Una inmensa tortura silenciosa;
entre la roca, el buitre y la cadena,
todo cuanto el activo sifrir puede,
las agonías que ellos nos revelan,
el sentido enervante de la cuita,
que clama solamente en soledumbre,
celoso de que el cielo pueda oìrlo,
por nada lanzará ningún suspiro
hasta que su voz quede ya sin eco.

¡Titán!, se te ha otorgado la contienda
entre la voluntad y el sufrimiento,
que si matar no pueden martirizan;
la sorda tiranía del Destino
y de igual modo el Cielo inexorable,
y el principio instaurado del Encono,
que para su contento crear debe
cosas capaces de aniquilamiento,
negándote hasta el gusto de la muerte:
la eternidad, presente desdichado,
fue tuya y muy bien la has sobrellevado.
Y aquello que el Tonante te aquejara
sólo fue la amenaza que extendieran
sobre él las aflicciones de tus cuitas;
el sino que tan bien profetizaste
no lo apaciguaría el conocerlo;
en tu Silencio estaba su Sentencia,
y en su Alma un infructuoso arrepentirse,
y un miedo ruin tan mal disimulado,
que temblaba el relampago en sus manos.

Fue tu crimen divino la clemencia,
rendir, con tus preceptos, nada menos
que todas las desdichas de los hombres,
y reanimar al Hombre con su mente;
aunque engañado fuiste en las alturas,
en tu mansa energía apaciguado,
en la resignación y en la repulsa
de tu Espíritu invicto impenetrable,
al que el Cielo y la Tierra no conmueven,
una lección pujante recibimos:
el Hombre es, como tú, divino en parte,
torbellino de fuente cristalina;
y puede vislumbrar sólo fragmentos
sobre su propio y funebre destino;
su propia desventura y resistencia,
y su triste existencia tan distinta:
ante la cual su Espíritu se opone
de igual forma que a todas sus desdichas,
y firme voluntad y hondo sentido,
que puede columbrar, en la tortura,
su propia concentrada recompensa,
triunfante desafío temerario,
que torna de la Muerte una Victoria.

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Fuentes:
Frankenstein: una condición, Octavi Comeron,
El modelo frankenstein. De la diferencia a la cultura post, Rosa María Rodríguez Magda.
Wikipedia.

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